Entrevista a David Sagristà, emprendedor, Director de Uptitude (www.uptitude.es) y autor del libro “Las tres dimensiones de la comunicación”

A los 40 ya solemos tener la vida montada y encaminada y si no damos un golpe de volante la inercia nos guía en una dirección fija .”

 

Desde la Antigüedad, la comunicación y el arte de la retórica siempre han ocupado un lugar preponderante en la sociedad. Vivir es comunicar, ningún aspecto de nuestra vida personal o profesional escapa de la comunicación. Pero, paradójicamente, a pesar de ser una habilidad imprescindible, no se nos enseña a comunicar bien. Ante la evolución de los modos de comunicación, en que las interacciones virtuales sustituyen cada vez más a la comunicación verbal, ¿cómo se define la comunicación? Al fin y al cabo, ¿no se trata solo de compartir y estar en comunión con los demás? David Sagristà, emprendedor, experto en comunicación y autor del libro “Las tres dimensiones de la comunicación” nos desvela todos los secretos para ser un buen orador y desmitifica este tema tan complejo, destacando los rasgos esenciales que han de caracterizar un buen discurso.

¿Cómo y cuándo nació su empresa Uptitude?

La crisis de los 40 años me hizo reflexionar sobre lo que realmente quería en la vida y sobre lo que realmente era importante para mí. A los 40 ya solemos tener la vida montada y encaminada y si no damos un golpe de volante la inercia nos guía en una dirección fija. Yo hice balance de mi vida y me di cuenta que tenía cosas que no cambiaría por nada en el mundo, mi mujer y mis tres hijas, y había otras que tenía que cambiar: el lugar donde vivía y mi trabajo. Me fui a vivir a mi pueblo natal, Sant Pol de Mar, y dejé mi trabajo como director general de una empresa logística para dedicarme a aquello que me apasiona: desarrollar habilidades de comunicación. Puse en marcha Uptitude, que imparte seminarios y workshops en empresas para desarrollar las habilidades de comunicación y liderazgo de todos los participantes.

¿Qué le empujó a cambiar de vida y a emprender?

Elbert Hubbart dijo “¡Hagamos lo que hagamos en la vida, todos vamos a morir! ¿No merece la pena entonces hacer aquello que realmente quieres hacer?”. Esta frase me recuerda que no debemos vivir la vida que otros quieren sino la que nosotros soñamos. A veces las expectativas que tienen nuestros padres, la sociedad o nuestra pareja nos limitan o nos influyen y Elbert Hubbard nos recuerda que seremos más felices si rompemos estas limitaciones y hacemos aquello que nos apasiona.

Ahora bien, conseguir hacer lo que realmente te apasiona no es fácil: no siempre lo tenemos claro y, si lo sabemos, quizás no es fácil ganarse la vida con ello. En mi caso, a los 38 años inicié un proceso de reflexión y búsqueda que me llevó a crear Uptitude. Yo he sido emprendedor toda mi vida y he creado 5 proyectos, aunque durante algunos periodos también he trabajado en otras empresas (como consultor o como director). No he tenido la suerte o la habilidad de Bill Gates o Steve Jobs para hacerme multimillonario con ninguno de los proyectos que he creado pero estoy satisfecho porque me puedo dedicar a aquello que me gusta y cada mañana cuando me levanto pienso “¡Bien, voy a trabajar!”.

¿El emprendedor nace o se hace?

Ser emprendedor requiere de una serie de habilidades igual que ser futbolista profesional o ser artista requieren de otras. Todos tenemos en nosotros el germen de esas habilidades, solo se trata de desarrollarlas. La habilidad que muchas veces diferencia al emprendedor del resto de personas es su poca aversión al riesgo. La mayoría de personas cuando valora lanzarse a crear un proyecto piensa “¡Cuidado! Podría salir mal, me quedaría en la calle sin trabajo y además perdería todos mis ahorros”, pero el emprendedor piensa “Seguro que sale bien, la oportunidad es clarísima. Además, si sale mal ya encontraré otro trabajo que hacer”.

Hoy en día, con la situación de crisis, muchas personas están sin trabajo y ya lo han perdido todo. Como no tienen nada más que perder, se atreven a poner en marcha pequeños negocios o a trabajar como freelance (autónomos), buscando sus propios clientes para ganarse la vida. Este es un ejemplo de que todos podemos ser emprendedores aunque en ciertas condiciones no nos atrevamos a probarlo. Yo animo a todas las personas a atreverse a poner en marcha esa idea que hace tiempo que les da vueltas en la cabeza; aunque si actualmente tienen un trabajo, también les animo a avanzar todo lo posible en paralelo compaginándolo con su trabajo actual antes de lanzarse de lleno.

En su libro, subraya la paradoja siguiente: “Todos sabemos la importancia capital que tiene comunicar pero nadie nos enseña cómo hacerlo”. ¿Cómo podríamos mejorarlo?

Nos estamos concienciando de que comunicar de forma eficaz es esencial para nuestra vida profesional y también para nuestra vida personal. Las palabras, como nos recuerda el especialista en comunicación Julian Treasure, tienen el poder de iniciar una guerra o de decir “te quiero”. Nuestra capacidad de comunicación es el corazón de la cebolla y a su alrededor hay otras habilidades esenciales en nuestro día a día como son el trabajo en equipo, las relaciones personales, el liderazgo, la resolución de conflictos, la negociación o las ventas. ¡La comunicación es tan importante que no podemos olvidarla!

A mis hijas mayores, Arianna (6 años) y Elia (5 años), dos veces al año en el colegio les hacen salir a explicar un tema en frente del resto de la clase. Elia tuvo que explicar durante una semana (unos minutos cada día de esa semana) cómo vivían los conejos, cómo se alimentaban y qué les gustaba hacer. Dar la oportunidad para que los niños hablen en público y cojan seguridad es un primer paso importante para desarrollar la habilidad de comunicarse de forma eficaz. Otros países como EEUU o como los países nórdicos en Europa llevan años haciéndolo y está demostrado que, al igual que jugar a fútbol o pintar, cuanto más prácticas mejor se te da.

¿Qué papel podría desempeñar la educación para paliar esta carencia?

La escuela debe jugar un papel crucial en el desarrollo de la habilidad de comunicación de los niños y niñas. Si bien cada vez hay más conciencia sobre la importancia de aprender a comunicar, aún hay mucho por hacer. Dar la oportunidad de que los niños hablen en público (en frente de la clase) es un primer paso importante, pero hay que hacer más cosas. En Uptitude estamos lanzando un programa con escuelas que tiene un doble objetivo: por un lado, trabajar con los niños y jóvenes en la mejora de sus capacidades comunicativas a través de actividades divertidas y, por otro lado, formar a los profesores para que conozcan las claves que debe dominar un buen comunicador y para que así les puedan dar a sus alumnos algunas pautas sobre cómo deberían, por ejemplo, presentar su proyecto sobre conejos.

Con la aparición de las redes sociales, el modo de comunicación ha sido sometido a una constante evolución: las interacciones virtuales sustituyen cada vez más a la comunicación verbal. Estamos conectados constantemente y, sin embargo, internet parece generar un sentimiento de aislamiento…

Nada puede sustituir las relaciones personales directas y el contacto humano. El proceso de comunicación, además de tener un contenido y una estructura tiene también una tercera parte: la entrega o la puesta en escena que está conformada por el lenguaje corporal y el llamado lenguaje para-verbal, la voz. El contacto directo nos permite observar la sonrisa de nuestro interlocutor, nos permite ver cómo le brillan los ojos si se emociona y nos permite percibir la duda mientras busca la palabra adecuada. Todos sabemos que es muy distinto ver una película (nos llega el lenguaje corporal y la voz) que oír la radio (nos llega solo la voz) o leer un libro (el lector tiene que poner la parte interpretativa con su imaginación).

Yo soy partidario de aceptar las redes sociales buscando su uso adecuado. Facebook, LinkedIn, Twitter y Whatsapp son tecnologías o utilidades muy nuevas, que aún tienen que asentarse, y con el tiempo se irá aclarando el uso que realmente les damos. Cada uno debe usarlas de la forma que considere más adecuada y habrá veces que preferiremos tener una reunión personal (tomar un café con un amigo); otras realizar una video-conferencias por ejemplo, para ver a un cliente americano sin tener que cruzar el Atlántico, muchas veces nos interesará llamar por teléfono porque quizás no habrá necesidad de verse cara a cara, otras escribir un correo electrónico porque no habrá necesidad de tener una conversación, y algunas mandar un mensaje de Whatsapp en lugar de un correo para ser más informales, más rápidos o porque el mensaje que tenemos es muy breve. En resumen, las redes sociales nos dan flexibilidad y nos aportan nuevas herramientas que podemos usar cuando las necesitemos, pero a día de hoy no pueden sustituir el contacto humano directo.

¿En qué pueden incidir los cambios vinculados a las nuevas tecnologías en nuestra forma de comunicar?

Las nuevas tecnologías, incluyendo las redes sociales e internet, nos brindan opciones y oportunidades que antes no teníamos y nos permite comunicarnos con personas que antes no podíamos. Yo, por ejemplo, a través de Facebook estoy en contacto con compañeros del colegio a los que de otra forma ya habría perdido la pista hace tiempo (de hecho, les había perdido la pista y retomé el contacto cuando apareció Facebook).

Las nuevas tecnologías seguirán evolucionando, y si hacemos un uso responsable de ellas deberían sumar en lugar de restar. Algunos expertos anuncian que el futuro podría ser parecido a lo que vimos en la película Matrix, en la que los humanos se conectan a la red y tienen interacciones con otros humanos tan vívidas como si fueran reales. Veremos que nos depara el futuro pero nos ha tocado una época de cambios y hay que abrocharse el cinturón… ¡porque aún quedan muchas cosas por llegar!

Ante la proliferación de consejos sobre cómo hablar en público, nos resulta difícil encontrar la información realmente adecuada. En su libro, sintetiza todos estos conceptos y evoca las tres dimensiones de la comunicación…

Tener una visión global del área que se quiere mejorar ayuda a tener un marco dentro del cual trabajar todos los aspectos necesarios. Además, este marco nos ayuda a discernir qué aspectos son más importantes para así priorizar donde poner más esfuerzos. Tras muchos años participando en cursos como alumno y leyendo libros de comunicación me faltaba un marco en el que desarrollar mis habilidades de comunicación hasta que hace dos años entendí que cualquier proceso de comunicación se desarrolla en tres dimensiones: el contenido, la estructura y la entrega.

Es necesario conocer y dominar estas tres dimensiones (o niveles) para mejorar como comunicadores:

  • La primera dimensión, el contenido, es el mensaje que queremos transmitir, nuestras ideas, nuestras palabras y las historias, metáforas o ejemplos que usamos para ser entendidos.
  • La segunda dimensión, la estructura, es la forma de organizar nuestro discurso. Seremos más efectivos si empezamos captando la atención, después damos dos o tres puntos principales (¡no más!) bien explicados, y terminamos con poder.
  • La tercera dimensión, la entrega, es la puesta en escena y engloba el lenguaje no verbal, es decir, engloba el lenguaje corporal y el lenguaje para-verbal. Esta dimensión es la que tenemos menos desarrollada porque nadie nos ha enseñado cómo exponer nuestras ideas y además hemos tenido pocas oportunidades para practicar.

En el libro “Las 3 Dimensiones de la Comunicación” explico cómo funcionan estas tres dimensiones y cuáles son los elementos clave que hay que dominar en cada una de ellas.

A lo largo de la historia, el arte de la retórica siempre ha sido una herramienta importante ante la necesidad de convencer y persuadir en el seno de los grupos sociales. Según usted, ¿qué componentes son esenciales en un discurso?

En la época de la civilización griega se le dio mucha importancia al arte de la retórica para saber hacer buenas exposiciones en público, y Aristóteles en sus escritos recogió muchas ideas de su época que siguen plenamente vigentes en la actualidad. Aristóteles apuntó que para convencer a nuestro interlocutor o a nuestra audiencia debemos considerar tres elementos distintos, el llamado triángulo de la persuasión: logos (lógica), ethos (credibilidad) y pathos (emoción).

En el libro me adentro en el triángulo de la persuasión y abordo sus distintos componentes, pero si tengo que destacar un elemento por encima del resto es el pathos (la emoción). Cuando queremos convencer a alguien nos solemos centrar en el logos dando argumentos racionales pero nos solemos olvidar de las emociones. La escritora americana Maya Angelou dijo “no recordarán lo que digas, no recordarán lo que hagas, pero recordarán lo que les hagas sentir”. Si queremos convencer y ser recordados, tenemos que añadir emociones a nuestro discurso y la mejor herramienta que tenemos para conseguirlo son las historias personales.

¿Qué factores explican este miedo, que tiene una gran parte de la población, a hablar en público?

La evolución juega un papel importante en nuestro miedo escénico. Hace unos pocos millones de años cuando el mundo era aún un gran bosque vivíamos en los árboles, y nos organizábamos en grupos de cinco a seis individuos que nos desplazábamos juntos por las ramas. Más tarde se abrieron las llanuras y nos vimos obligados a bajar de los árboles. Es decir, éramos pocos individuos y la distancia entre nosotros era corta. Eso explica en parte que nos encontremos cómodos en “petit comité” y que en cambio nos cueste hablar a un gran público.

Por otro lado, hay otros factores que suman a nuestro miedo y desde luego no haber tenido la oportunidad de practicar de pequeños influye mucho al igual que también influye el miedo a lo desconocido. El cerebro es una máquina de simular escenarios futuros y solemos darle más peso a aquello que nos asusta y por lo que pensamos que cuando hablemos en público las cosas irán mal (lo haremos mal, se reirán de nosotros, nos quedaremos en blanco…). Con la práctica y la experiencia vamos aprendiendo que lo hacemos bien y que nadie nos tira tomates, y por eso cuanta más experiencia se tiene menos nervios se viven aunque siempre quedan esos nervios sanos, o esa tensión, que nos ayudan a no estar demasiado relajados y a dar lo mejor de nosotros mismos.

En una sociedad que nos impone la dictadura de la perfección, es imprescindible aprender a reírse de uno mismo…

Hay un dicho popular que nos recuerda que “solo se equivoca el que lo intenta”. Cometer errores es la forma natural de aprender. Aprendemos a andar cayéndonos una y otra vez, aprendemos a ir en bici perdiendo el equilibrio; lo importante no son los errores sino los aprendizajes que sacamos cada vez que nos equivocamos. Si aprovechamos cada caída para analizar qué podemos mejorar la próxima vez conseguiremos no “tropezar dos veces con la misma piedra” y avanzar hacia el éxito.

Además, compartir nuestros errores con los demás nos hace más humanos, más cercanos y es mucho más útil para quien nos escucha. Si un emprendedor dice “lo intenté y me salió bien a la primera” tendremos poco que aprender de él, mientras que si otro nos explica todas las dificultades que se encontró por el camino, los errores que cometió y como los superó para finalmente lograr el éxito, aprenderemos mucho más. Si además el presentador se ríe de sí mismo, estará más relajado, parecerá más seguro de sí mismo, reducirá su nivel de cortisol (hormona que controla el estrés) y, sobre todo, se lo pasará mejor. Nos haría mucho bien seguir el consejo de Charles Chaplin cuando nos dijo que debíamos reír porque “Un día sin reír es un día perdido”.

¿Hablar en público podría ser una metáfora de la vida: “No se trata de perfección sino de conexión”?

Crear una conexión con tu interlocutor o con tu audiencia es la base de una buena comunicación. La conexión emocional es la base de la comunicación y si no le gustas a tu audiencia, no se identifica contigo o no le resultas creíble, tu mensaje no les llegará. Efectivamente creo que esto puede ser una metáfora de la vida, porque aquello que nos da la felicidad no es la perfección sino la conexión con quienes nos rodean.

En la vida nos han enseñado, nos han grabado con fuego, que nos tenemos que esforzar por hacerlo bien y para acercarnos a la perfección. Y aunque sabemos que nadie es perfecto, intentamos serlo. Queremos sacar un 10 en los exámenes, nos gustaría ser los más guapos y queremos ser los mejores en todo lo que hacemos porque si nos equivocamos nos estirarán las orejas, se reirán de nosotros o nos despedirán. Esa búsqueda de perfección a veces nos hace olvidar que en la vida la perfección no te da la felicidad. El filósofo español José Antonio Marina nos explica que para ser felices no tenemos que ser perfectos sino que los tres aspectos que nos acercan a la felicidad son: los pequeños placeres del día a día, tener un proyecto de futuro que nos ilusione y, sobre todo, tener una buena relación con los amigos, la familia y los compañeros. Si cuidamos nuestras relaciones seremos más felices.

¿Un pensamiento a contra corriente?

Ser feliz depende solo de ti mismo. No depende del dinero que tengas, de lo guapo que seas ni del éxito personal o profesional que alcances. Y uno de los aspectos importantes que nos pueden permitir vivir una vida más llena y más feliz es atrevernos a vivir la vida que soñamos. Elisabeth Klubber-Ross acompañó a muchos pacientes terminales en sus últimos días y muchos de ellos reconocían que si pudieran volver atrás harían una cosa distinta: se atreverían más.

En la vida hay que atreverse, hay que soñar y hay que luchar para lograr vivir nuestros sueños. Martin Luther King tuvo un sueño que se hizo realidad y cada uno de nosotros tenemos un sueño que también puede hacerse realidad si nos atrevemos a luchar por él. Me gusta mucho la canción “Hall of Fame” de The Script con Will.i.am, porque difunde esta misma idea: “No esperes a tener suerte, esfuérzate, entrégate y lograrás aquello que te propongas. Puedes romper records inimaginables, puedes ser un líder, puedes ser astronauta, profesor o estudiante, solo depende de ti. “¿Cómo sabrás si puedes si ni tan siquiera lo intentas?“. ¡¡Atrévete!!

 

15/09/2014|